Técnica y tecnología

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  • Siempre ha habido tecnología y siempre la habrá porque es lo que nos hace humanos #

    Solo los seres humanos usan técnicas #

    Muchos animales usan técnicas, como por ejemplo piedras, para defenderse, obtener comida u otros fines, desde insectos hasta mamíferos. Los grandes simios no solo usan herramientas, sino que pueden construirlas. La fabricación y uso de objetos técnicos no nos separa de los animales. Abusamos de nuestro narcisismo de especie. Pero formamos un continuo con otros seres, y ni la cultura, ni la empatía, ni el lenguaje son patrimonio exclusivo de nuestra especie.

    La técnica es la naturaleza del ser humano #

    De existir una esencia de lo humano, esta se hallaría más en la capacidad de imaginar y crear, y de hacer de estas creaciones imaginarias una mediación entre la psique y la realidad que nos rodea. Nuestra naturaleza es la creación imaginaria y simbólica, y el uso del lenguaje para la construcción de instituciones sociales y cosmovisiones.

    La tecnología es la naturaleza del ser humano #

    La tecnología es únicamente una fase, en concreto la que comenzó con la modernidad capitalista de Occidente y continuó con la eclosión y extensión de la sociedad industrial. No siempre ha habido tecnología, y nada obliga a que exista en el futuro.

    El productivismo se convirtió en la ideología predominante del mundo occidental a partir del s XIX. Su planteamiento es que el objetivo último de la actividad humana es el trabajo, la producción de bienes y servicios, y el crecimiento económico. Se asumió que esto formaba parte de la naturaleza humana, cuando no es más que una creación contingente y un interés social particular.

    La descripción antropológica más importante es la del Homo oceconomicus, según la cual somos animales que hacemos todo aquello que nos proporciona la mayor cantidad de comodidades materiales con la menor cantidad de trabajo posible. Es decir, somos vagos por naturaleza y en nosotros no existe el altruísmo. Como complemento de la anterior estaría la del Homo faber, que indica que el ser humano es fundamentalmente un animal que fabrica y usa herramientas.

    La combinación de las dos anteriores implicaría que el objetivo último del ser humano es obtener un mayor grado de bienestar, para lo cual necesita incrementar su riqueza y su consumo. Para conseguirlo, ha de usar la tecnología, modificando y controlando la naturaleza. Con lo cual, el trabajo productivo es el bien social mayor, ya que une ambas cosas.

    Pero la realidad histórica nos dice que somos un animal gozoso y complejo que disfruta de una rica vida simbólica. El trabajo nunca fue una maldición impuesta ni una religión social, sino un ejercicio integrado en la vida y al que se puede amar.

    De la tecnología como naturaleza a la naturalización de la tecnología #

    La falacia naturalista del productivismo tomó especial impulso en el siglo XIX, cuando los impactos destructivos de la nueva tecnología comenzaban a hacerse imposibles de ignorar. El pensar que esto era consustancial a lo humano, junto al éxito del imaginario del progreso, facilitó el desarrollo acelerado de la sociedad capitalista termoindustrial.

    Nuestro orgullo de especie nos hace pensar que podemos alzarnos como gestores tecnocráticos del conjunto de la vida, de establecer una relación de dominación imperial con la naturaleza. Los objetos técnicos serían expresiones inevitables de esta pulsión. El ser humano estaría desligado e independiente del resto de seres vivientes.

    El exencionalismo nos lleva a pensar que, como humanos, estamos exentos de respetar los límites y leyes de la naturaleza, con lo que estas serían a lo sumo obstáculos temporales en nuestra trayectoria triunfal. Pero en realidad destruimos casi todo y no controlamos nada. No podemos adquirir consciencia de la destrucción que ha provocado nuestro sistema económico y nuestras formas de producir y vivir sin comprender que formamos parte de Gaia.

    No se puede luchar contra el progreso #

    Esta afirmación supone situarnos como observadores pasivos de una dinámica sobre la que no tenemos control alguno. Los defensores de la tecnología celebran la supuesta inevitabilidad del progreso en un tono exultante que resuena con ecos religiosos.

    El progreso es un imaginario mediante el cual las sociedades modernas se han entendido a sí mismas, sus objetivos y prioridades, los límites que se han autoimpuesto, el cómo se han situado en lo existente.

    Nuestras sociedades deberían dejar de invisibilizar el precio que la Tierra y sus habitantes han pagado a cambio de su progreso egoísta, cortoplacista y genocida. El progreso esconde intereses muy determinados y responde a un programa político y social muy específico.

    Antes del progreso #

    Nuestro prejuicio eurocéntrico nos impide conocer las formas de vivir de pueblos no occidentales antes de la gran unificación a través del mercado que comenzó en el siglo XVI.

    En el mundo grecorromano, había una clasificación jerárquica muy rígida de las técnicas. Algunas tenían una carta de naturaleza cultural (agricultura, caza, guerra, navegación). Eran artes no mecánicas y no se vinculaban a herramientas de trabajo, pero a veces sí que tenían que ver con rituales religiosos. Este pensamiento filosófico nos legó la idea de que la mejora humana estaba disociada de los objetos técnicos. Este prejuicio ante las artes mecánicas despreciaba por igual al artesano, el comerciante, el trabajador a sueldo o el esclavo, que dependían de otros para subsistir.

    Este marco fue el predominante hasta que fue erosionado por la idea del progreso.

    En busca de los gérmenes del progreso #

    Hay que entender los elementos de los que se hablará a continuación como procesos que en retrospectiva se han retroalimentado con las dinámicas y conflictos propios de cada época. Por más que los tecnófilos quieran presentar el progreso como una idea irresistible, eterna y absoluta, lo que realmente ocurre a lo largo de la historia es una concatenación de gérmenes y contingencias que terminan por formar una fuerza con la inercia y el poder político suficientes para imponerse de manera hegemónica.

    Primer germen: el cristianismo #

    La cuna del imaginario del progreso se encuentra en la Edad Media europea, concretamente en sus monasterios. Lo cual complica mucho baremar la influencia de culturas y territorios no europeos en la formación de este imaginario.

    La Regla Benedictina, la obra de Isidoro de Sevilla o la Suma Teológica de santo Tomás son algunos ejemplos que avanzan en la dirección de dignificar el trabajo manual y las artes mecánicas. También la corriente milenarista, que planteó como objetivo posible y deseable la construcción de la vida paradisíaca en el presente terrestre.

    Segundo germen: devenir dueños y poseedores de la naturaleza #

    La eclosión final #

    Lo que el progreso esconde #